
Durante siglos, las mujeres han sostenido silenciosamente el cuidado de la vida. Han cuidado de la salud, de la familia, de las personas mayores y de la comunidad. Han tejido redes invisibles de apoyo que han permitido que las sociedades funcionen y que las personas puedan vivir, crecer y recuperarse. Ese papel, muchas veces poco reconocido, ha sido una de las contribuciones más profundas de las mujeres a la historia.
Esa tradición del cuidado sigue reflejándose hoy en muchos ámbitos profesionales. El sector sanitario es un ejemplo claro: en España, cerca del 70% de los profesionales sanitarios son mujeres, según datos del Ministerio de Sanidad y del Instituto Nacional de Estadística (INE). A lo largo del tiempo, la atención a la salud, al bienestar y a las personas más vulnerables ha estado estrechamente vinculada a la experiencia femenina, generando una sensibilidad particular hacia las necesidades cotidianas y la calidad de vida de las personas.
Sin embargo, esa mirada del cuidado no siempre está presente en los espacios donde se toman decisiones sobre cómo diseñamos nuestras ciudades y edificios. Sectores como la arquitectura, el urbanismo, la promoción inmobiliaria o la construcción siguen estando mayoritariamente liderados por hombres. Según el Sector Study 2024 del Architects’ Council of Europe, las mujeres arquitectas en España representan aproximadamente el 45% de la profesión, lo que muestra un avance hacia la paridad. Sin embargo, persisten desigualdades en el acceso a posiciones de mayor responsabilidad.

Esta limitada presencia en los espacios de decisión resulta especialmente significativa si se considera el profundo impacto que el entorno construido tiene en la vida cotidiana y el papel de la mujer en la arquitectura del cuidado. La calidad del aire que respiramos, la luz natural que recibimos, el ruido al que estamos expuestos, la accesibilidad y seguridad de los espacios, así como la posibilidad de caminar, encontrarnos o acceder a zonas verdes influyen de manera decisiva en nuestra salud, nuestras relaciones y nuestro bienestar. La arquitectura, así, ya no puede entenderse solo como una disciplina técnica o estética: es también una infraestructura de salud y bienestar, en la que la mujer puede desempeñar un papel importante.
Y, en este contexto, surge con fuerza la arquitectura saludable, un enfoque que propone diseñar los espacios pensando en las personas y en cómo viven realmente. Diseñar y construir entornos que favorezcan el bienestar físico, mental y social implica preguntarse cómo influyen los edificios y las ciudades en nuestra forma de movernos, de relacionarnos, de descansar o de envejecer.
Diversos estudios, como los desarrollados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), muestran que factores como la calidad del aire interior, la luz natural, el confort acústico, el acceso a zonas verdes o la posibilidad de caminar influyen directamente en la salud física y mental de las personas.
Este enfoque cobra aún más importancia en sociedades cada vez más longevas en el que destaca el papel de la mujer. En España, las mujeres viven de media más de cinco años que los hombres —86,5 frente a 81,3—, según datos del INE. Sin embargo, esa mayor longevidad no siempre implica más años con buena salud: diversos estudios muestran que las mujeres pasan más años de su vida con enfermedades crónicas o limitaciones funcionales, especialmente en las últimas etapas de la vida. Además, la soledad no deseada se ha convertido en uno de los grandes retos sociales de nuestro tiempo: cerca de dos millones de personas mayores viven solas en España, y la mayoría son mujeres.
En este contexto, el diseño del entorno puede marcar la diferencia. Viviendas adaptadas que contribuyan a mantener la autonomía más tiempo y que permitan envejecer en casa, edificios con espacios comunes que favorezcan el encuentro, barrios caminables con comercio de proximidad o ciudades con acceso a zonas verdes son estrategias que ayudan a prevenir el aislamiento y a mejorar la salud física y mental. Algunos proyectos recientes ya incorporan estas ideas, como viviendas colaborativas para personas mayores o multigeneracionales, edificios con patios y espacios comunitarios o barrios pensados para recorrer a pie, donde el espacio público facilita la interacción social.
Aquí es donde la experiencia histórica del cuidado encuentra una nueva expresión. Las mujeres no solo han sido cuidadoras de personas; hoy pueden ser también arquitectas del cuidado, capaces de trasladar esa sensibilidad al diseño del entorno construido para crear espacios que cuiden a las personas y que, al mismo tiempo, también cuiden de quienes históricamente han cuidado de los demás.
Incorporar más liderazgo femenino en la arquitectura, el urbanismo o la promoción de vivienda no es únicamente una cuestión de igualdad. Es también una oportunidad para ampliar la mirada con la que diseñamos nuestros espacios e integrar con más fuerza cuestiones como la salud, la accesibilidad, la vida comunitaria o el envejecimiento activo.
Impulsar el liderazgo femenino en ámbitos como la arquitectura saludable significa, en definitiva, dar un paso más: pasar de una cultura del cuidado ejercida tradicionalmente por las mujeres a una cultura del cuidado inclusiva e integrada en el diseño de nuestras ciudades. Porque cuando el cuidado se convierte en principio del proyecto arquitectónico, los edificios y los barrios dejan de ser solo infraestructuras y se transforman en espacios capaces de cuidar de quienes los habitan.
En definitiva, es un reconocimiento a todas las arquitectas del cuidado: desde las profesionales sanitarias hasta las arquitectas, urbanistas y promotoras que están transformando la forma de diseñar nuestros espacios para que no solo se construyan, sino que también protejan, acompañen y mejoren la vida de las personas.
Artículo de opinión firmado por Rita Gasalla, presidenta del Observatorio de Arquitectura Saludable (OAS)

