
Durante años, la rehabilitación de edificios ha estado asociada a la mejora de la eficiencia energética, la reducción del consumo y la descarbonización del parque inmobiliario. Son metas inaplazables que siguen marcando la hoja de ruta de la Unión Europea ante el horizonte de 2050 y, por extensión, también la del conjunto del sector. Sin embargo, hoy asistimos a un cambio en el planteamiento de cómo afrontar esta renovación incorporando un valor que ha permanecido, durante años, en un segundo plano: la salud de las personas.
Esta reflexión cobra una especial relevancia en el marco del III Congreso sobre Arquitectura Saludable, cuyo lema, «Rehabilitar para cuidar«, resume con acierto el desafío que afrontamos todos, sin distinción. Porque rehabilitar ya no consiste únicamente en intervenir sobre bloques de viviendas, significa crear espacios que favorezcan el bienestar y confort, mejoren la calidad de vida de las personas que las habitan u ocupan, y, al mismo tiempo, aporten valor social, ambiental y económico a las ciudades que crecen y evolucionan constantemente.
El sector inmobiliario atraviesa un momento decisivo. Las exigencias normativas, el impacto del cambio climático, el envejecimiento del parque edificado y unas demandas ciudadanas cada vez más ligadas al respeto por el medio ambiente están redefiniendo qué se entiende hoy por calidad en la edificación. Si hace unos años bastaba con hablar de eficiencia energética, ahora el verdadero estándar de calidad incluye también el impacto que los edificios tienen sobre las personas que viven, trabajan, estudian o reciben atención sanitaria en su interior.
La salud comienza así a consolidarse como un nuevo criterio de valor para el mercado inmobiliario. Pero no se trata de una tendencia pasajera, sino de una evolución respaldada por la evidencia científica. La Guía sobre Edificios y Salud: 7 llaves para un edificio saludable, elaborada por el Consejo General de la Arquitectura Técnica de España (CGATE), junto al Consejo General de Colegios de Médicos (CGCOM) en 2019, recuerda que pasamos aproximadamente el 80% de nuestro tiempo en espacios interiores y alerta de que el denominado «síndrome del edificio enfermo» afecta a cerca del 30% de los edificios modernos. Son cifras que obligan a evaluar los edificios desde una visión integral y no únicamente constructiva.
Hoy sabemos que la calidad del aire interior, la ventilación, la iluminación natural, el confort térmico y acústico, la humedad, la accesibilidad y la elección de los materiales influyen directamente sobre la salud física y emocional de las personas.
A este respecto, la elección de los materiales adquiere una importancia cada vez más relevante; no hablamos únicamente de resistencia, durabilidad o prestaciones termoacústicas, sino también de su comportamiento desde el punto de vista de la calidad ambiental interior. La reducción de emisiones de determinadas sustancias, entre ellas los fenoles y formaldehídos, derivados del petróleo y presentes en muchos materiales, constituye hoy una prioridad para toda la cadena de valor de la construcción.
Por otro lado, la innovación está permitiendo avanzar hacia soluciones cada vez más respetuosas con las personas y con el medio ambiente. Un ejemplo de ello es el desarrollo de ligantes de origen vegetal como e-Technology, incorporado hace años a la fabricación de lana mineral con un elevado contenido de vidrio reciclado —hasta un 90% en determinadas soluciones— y que elimina la utilización de fenoles y formaldehídos añadidos durante el proceso de fabricación.
Porque la sostenibilidad, la eficiencia energética y la salud ya no son conceptos aislados. Un edificio eficiente, que cumple con las exigencias actuales, es aquel que también protege la salud de quienes lo ocupan. Ese reto alcanza igualmente al diseño del espacio urbano, donde el vínculo con la salud es más amplio y, al mismo tiempo, más difícil de concretar.
El aumento de las temperaturas, la contaminación atmosférica, el envejecimiento del parque y la pérdida de espacios verdes afectan directamente al bienestar de millones de personas. El fenómeno de la isla de calor, intensificado por el cambio climático, provoca que determinadas zonas urbanas registren temperaturas varios grados superiores a las de su entorno, incrementando los riesgos para la salud, y la aparición de alergias, durante los episodios de calor extremo.
La rehabilitación puede y debe convertirse en una herramienta para combatir esta problemática que afecta principalmente a grandes urbes como Madrid o Barcelona. Es por ello por lo que la regeneración urbana también adquiere una dimensión que va mucho más allá de la rehabilitación de edificios; regenerar barrios y, en consecuencia, ciudades, significa crear entornos más saludables, más resilientes y mejor adaptados al clima del futuro. Significa actuar sobre el espacio público, incrementar las zonas verdes, favorecer soluciones basadas en la naturaleza y mejorar las condiciones ambientales de nuestras ciudades.
Entre estas soluciones, las cubiertas verdes representan una oportunidad única para «inyectar» salubridad a nuestras ciudades. Además de favorecer la biodiversidad y mejorar la gestión del agua de lluvia, contribuyen de forma muy significativa a la reducción del efecto isla de calor, disminuyendo la temperatura superficial de los edificios y del entorno urbano.
No es casual que distintas administraciones públicas estén impulsando iniciativas en esta dirección. El Plan Especial de Azoteas Verdes del Ayuntamiento de Madrid facilita que los vecinos transformen los tejados de edificios ya construidos en jardines y zonas de convivencia.
En los próximos años asistiremos —si no lo hemos hecho ya— a una evolución similar a la que experimentó la eficiencia energética hace dos décadas. Lo que entonces parecía una aspiración se ha convertido hoy en una exigencia ampliamente asumida por el ciudadano y el sector. Todo indica que la salud recorrerá el mismo camino. Los edificios no solo deberán consumir menos energía o emitir menos carbono; también deberán demostrar que ofrecen mejores condiciones para quienes los utilizan cada día.
La buena noticia es que contamos con el conocimiento, la capacidad técnica y la innovación necesaria para avanzar en esa dirección. La cuestión ya no es si debemos construir y rehabilitar edificios más saludables, sino con qué rapidez seremos capaces de incorporar esa visión a todas las decisiones políticas y asamblearias, referentes a las comunidades de propietarios, que afectan al entorno residencial, de oficinas o retail.
Porque cuando hablamos de rehabilitación no estamos hablando únicamente de fachadas, cubiertas o instalaciones, estamos hablando de personas, estamos hablando de ciudades y barrios más habitables y de entidades —ya sean empresas, organizaciones o administraciones públicas— que entienden que invertir en salud es también invertir en competitividad, en sostenibilidad y en valor a largo plazo.

