
Una vivienda saludable empieza antes de construirla: se diseña y se gesta en cada elección, y los materiales son determinantes para configurar la calidad del ambiente interior. De hecho, la elección de los materiales marca la diferencia entre una casa sana y una casa que puede enfermar.
Materiales que construyen salud o la deterioran
Es hora de mirar los materiales más allá de su función constructiva y preguntarnos cómo contribuyen a crear ambientes que realmente sumen en términos de bienestar y de salud. Los materiales no solo dan forma a los espacios, también dan forma al entorno en el que crecemos, jugamos, vivimos, dormimos, trabajamos o nos recuperamos de una convalecencia. Un material puede contribuir a regular la temperatura y humedad, la acústica, a respirar un aire más limpio, aportar calidez, confort sensorial, incidir en cómo nos sentimos y habitamos el espacio.
Su elección es clave para crear ambientes en los que nuestra biología encuentra condiciones para sentirse en equilibrio. De hecho, son bien conocidos los problemas de salud relacionados con la exposición de los compuestos orgánicos volátiles procedentes de los materiales, los famosos COV, como irritación de ojos, nariz y garganta, dolores de cabeza, mareos, náuseas, fatiga, falta de concentración, problemas respiratorios, asma, alergias, alteraciones del sistema inmunitario, efectos neurológicos, entre otros. Así, el reto es conocer cómo los materiales dialogan con nuestra biología e implementarlo, con el objetivo de construir casas y edificios que promuevan la salud de sus moradores.
Lo que no se ve de los materiales
Los estudios científicos evidencian que el aire de nuestros hogares puede llegar a estar de cuatro a ocho veces más contaminado que el aire exterior, y los materiales que conforman esa piel de acabados de interior desempeñan un papel relevante en esta realidad.
Poner el foco en los compuestos orgánicos volátiles (COV) es ya imprescindible. Los revestimientos, pavimentos, pinturas, barnices, mobiliario y otros productos que conforman el espacio interior pueden liberar sustancias que pasan a formar parte del aire que respiramos. Pero la realidad es más compleja. Hay mucho más que los COV.
En los espacios interiores detectamos también compuestos orgánicos semivolátiles (COSV o SVOC), sustancias que pueden permanecer durante más tiempo asociadas a los materiales, las superficies y el polvo doméstico. Entre ellas, se encuentran sustancias relacionadas con los materiales plásticos, como determinados plastificantes, además de otras familias químicas presentes en productos y materiales de uso cotidiano.
Y a este escenario se suma una preocupación emergente: la presencia de microplásticos y nanoplásticos en los ambientes interiores derivados de materiales sintéticos, textiles y revestimientos que contribuyen a que se generen y acumulen.
Esto nos obliga a ampliar nuestra mirada. La contaminación de un edificio no es únicamente aquello que podemos percibir o medir fácilmente en el aire. Existe una química invisible asociada a los materiales que nos rodean y que puede incorporarse al aire, al polvo y a las superficies de nuestros espacios interiores.
Por eso, hablar de arquitectura saludable implica ir más allá de los COV y comenzar a considerar el conjunto de sustancias y partículas que pueden formar parte de nuestro entorno cotidiano. La pregunta ya no es solamente qué materiales construyen nuestros espacios, sino qué liberan, qué acumulan y qué nos acompañará durante meses, incluso años, mientras los habitamos.
Y no solo la carga química, también hay que considerar aspectos todavía menos visibles, como las cargas electrostáticas o determinadas características del electroclima interior, que conforman parte de este paisaje ambiental que nos rodea y con el que convivimos diariamente, y que tanto inciden en el bienestar.
Un material imprime un sello de calidad en el ambiente
No solo por lo que vemos, sino por todo aquello que nuestro cuerpo y nuestro cerebro perciben y experimentan, incluso sin que seamos plenamente conscientes. Desde lo más visible hasta lo más invisible —como las texturas, el color, la composición química, el olor, la temperatura o la sensación al tacto—, los materiales contribuyen a crear atmósferas y participan en la experiencia sensorial y emocional de bienestar de los espacios que habitamos.
Ante este reto, algo olvidado en buena parte de la práctica constructiva, la apuesta es volver a construir en diálogo con nuestra biología: diseñar, rehabilitar y construir espacios que contribuyan al cuidado y al bienestar físico, mental y emocional de las personas.
¿Qué temas trata esta noticia?
